
El ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, que el Presidente Franklin D. Roosevelt describió como “un día que permanecerá en la infamia”, cambió nuestro mundo para siempre.
¿Dentro de un siglo los ataques terroristas del 11 de septiembre al World Trade Center y al Pentágono serán vistos como otro importante punto de quiebre en la historia? ¿O pasará a un semiolvido el 11 de septiembre de 2001?.
¿Dentro de un siglo los ataques terroristas del 11 de septiembre al World Trade Center y al Pentágono serán vistos como otro importante punto de quiebre en la historia? ¿O pasará a un semiolvido el 11 de septiembre de 2001?.
Tanto Pearl Harbor como el 11 de septiembre fueron, por supuesto, ataques sorpresa, golpes despiadados sin advertencia. Pero hay destacadas diferencias.
Pearl Harbor representó un ataque de un estado soberano a otro. El objetivo fue la Marina de Estados Unidos, sabíamos quién era el enemigo y sabíamos que nos involucraríamos en una larga y amarga guerra global.
El 11 de septiembre no fuimos atacados por un Estado soberano. El objetivo no fue la fuerza militar norteamericana, sino civiles norteamericanos. El ataque no nos obligó a lanzarnos en una guerra prolongada entre estados soberanos, y las hostilidades no terminarán con una rendición formal.
El enemigo golpeó desde las sombras y escapó hacia las sombras, y el ataque nos obligó a una política de acción contra conspiradores clandestinos y países que le dan refugio, no la movilización total de una Tercera Guerra Mundial.
Hubo una diferencia también en el impacto del ataque en los norteamericanos. Pearl Harbor, después de todo, se produjo en una isla remota del Océano Pacífico.
Pearl Harbor representó un ataque de un estado soberano a otro. El objetivo fue la Marina de Estados Unidos, sabíamos quién era el enemigo y sabíamos que nos involucraríamos en una larga y amarga guerra global.
El 11 de septiembre no fuimos atacados por un Estado soberano. El objetivo no fue la fuerza militar norteamericana, sino civiles norteamericanos. El ataque no nos obligó a lanzarnos en una guerra prolongada entre estados soberanos, y las hostilidades no terminarán con una rendición formal.
El enemigo golpeó desde las sombras y escapó hacia las sombras, y el ataque nos obligó a una política de acción contra conspiradores clandestinos y países que le dan refugio, no la movilización total de una Tercera Guerra Mundial.
Hubo una diferencia también en el impacto del ataque en los norteamericanos. Pearl Harbor, después de todo, se produjo en una isla remota del Océano Pacífico.
¿Tercera Guerra Mundial?
Los ataques de Al Qaeda fueron muy distintos: para los norteamericanos violaron la concepción nacional de sí mismos. Produjeron un sentido personal de vulnerabilidad desconocido para la mayoría de los norteamericanos, y las vagas “alertas” por la seguridad interior se intensificaron.
¿Quién sabe dónde golpearán nuevamente Osama bin Laden y su banda de asesinos? A la vuelta de la esquina, en la calle, en el mall, donde sea.
Los inspectores hoy miran de forma sospechosa los zapatos de los viajeros en los aeropuertos, y los viajeros miran con sospecha a los demás pasajeros. Si el fiscal general de Estados Unidos se sale con la suya, cada norteamericano mirará con sospecha a cada uno de los demás norteamericanos.
Las personas sienten naturalmente que su mundo cambió para siempre. ¿Pero se sentirán siempre así? Eso depende de los resultados de la guerra contra el terrorismo -que significa que aún mantenemos cierta capacidad para determinar nuestro futuro.
Enfrentamos hoy la misma elección que enfrentamos hace medio siglo, al principio de la guerra fría.
Hoy la guerra contra el terrorismo provoca un debate comparable, aunque menos comparable en lo relativo a las vastas amenazas del enemigo: no se ha demostrado ningún vínculo entre el fundamentalismo religioso de Osama bin Laden y el secular Saddam Hussein, y si existiera ese vínculo, Bin Laden seguramente habría buscado refugio en Irak.
Si bombardeamos e invadimos Irak -seguramente matando a cientos de civiles iraquíes-, si desestabilizamos los países árabes, si permitimos que Israel les niegue a los palestinos un estado separado, corremos el riesgo de unir al mundo árabe en contra nuestro y fijar las bases de esa más temida “guerra de las civilizaciones”.
Esto puede llevar a una Tercera Guerra Mundial, un horrible conflicto con armas biológicas, químicas, radiológicas e incluso, que el cielo nos ayude, armas nucleares.
Si estas consecuencias tienen lugar, el 11 de septiembre será, por supuesto, una fecha que vivirá en la infamia.
¿Por qué no intentar la mezcla de contención y disuasión que nos permitió ganar la Guerra Fría? No es probable que Saddam ataque otros países. El sabe que la represalia será inmediata y avasalladora y Saddam no tiene interés en el suicidio. La única situación que puede inducirlo a usar sus armas es un ataque de Estados Unidos a Irak.
El terrorismo nunca desaparecerá completamente. Los norteamericanos podran aprender a vivir con un terrorismo menor, como los habitantes del Reino Unido, España, India, Irlanda, Italia, Rusia, Sri Lanka y, la mayoría del mundo, ya aprendió a hacer. Haciendo eso nos aseguraremos que el 11 de septiembre no lleve a una Tercera Guerra Mundial y no cambie nuestro mundo para siempre.
Si la contención en lugar de la guerra preventiva es la elección que haremos, entonces la catástrofe del World Trade Center, como el acorazado Maine, comenzará a olvidarse en la memoria colectiva de la república.
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